miércoles, 29 de agosto de 2007

Calor sofocante de agosto



No estoy segura de haber usado siempre la música o el cine como salvoconducto a la hora de sepultar mi pasado reciente, la última etapa recorrida. Sé que a menudo ha sido así.
Pensar más tiempo del necesario en una etapa ya finalizada, hace que los seres humanos acaben derrumbándose bajo el propio peso de sus recuerdos.
Odio perder recuerdos, olvidar detalles nimios de mi infancia o mi adolescencia me produce una rabia indeseable. Sé que mi vida gira constantemente en torno a mi memoria, de lo contrario, mi identidad se vería seriamente perjudicada, como ya he comprobado que le ocurre a ciertas personas. Más todavía en estos días, en los cuales estoy desenterrando, cuidadosamente, etapas que habían quedado sumergidas en mi interior. Y el peso de mis recuerdos es mucho, sí. El peso de mis recuerdos es bastante como para aplastar mi cuerpo, todo él. Por eso debo andar con cautela, descifrando pieza por pieza, para no enloquecer en el intento de saciar la brutal necesidad de comprender ciertas cosas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

somos historia.
historia personal e historia universal.
historia biológica y hasta... emmm...
¡ornitología, por ejemplo! somos el resultado de los detalles más ridículos, especialmente. de los granos de arena que se convirtieron en montañas y nos enterraron.
somos lo que somos, lo que fuimos y lo que podemos ser.
(buagh, parece Paulo Coelho)

Despistado dijo...

En mi caso, la música es el arte que más cercano se halla de mis recuerdos, y mis recuerdos forman el único paraíso del que nadie, salvo la muerte, me puede expulsar. Aunque a veces estén distorsionados.
Besos

Anónimo dijo...

A pesar de que parezca que hayas obviado mis ganas por conocerte (¿no debería ser un orgullo? XD) te digo que me sigues engatusando con tus palabras; es una delicia, siempre, leerte.

Ah, y io también pienso que somos recuerdos y memorias. Perderlas: un terror.