miércoles, 29 de agosto de 2007

Calor sofocante de agosto



No estoy segura de haber usado siempre la música o el cine como salvoconducto a la hora de sepultar mi pasado reciente, la última etapa recorrida. Sé que a menudo ha sido así.
Pensar más tiempo del necesario en una etapa ya finalizada, hace que los seres humanos acaben derrumbándose bajo el propio peso de sus recuerdos.
Odio perder recuerdos, olvidar detalles nimios de mi infancia o mi adolescencia me produce una rabia indeseable. Sé que mi vida gira constantemente en torno a mi memoria, de lo contrario, mi identidad se vería seriamente perjudicada, como ya he comprobado que le ocurre a ciertas personas. Más todavía en estos días, en los cuales estoy desenterrando, cuidadosamente, etapas que habían quedado sumergidas en mi interior. Y el peso de mis recuerdos es mucho, sí. El peso de mis recuerdos es bastante como para aplastar mi cuerpo, todo él. Por eso debo andar con cautela, descifrando pieza por pieza, para no enloquecer en el intento de saciar la brutal necesidad de comprender ciertas cosas.

sábado, 18 de agosto de 2007

Jukebox

Eran las cinco de la mañana, esa misma noche, y yo seguía sin poder dormir. El calor empezaba a sentirse intenso bajo las sabanas y yo sabía que no era sólo por la incipiente llegada del verano. Algo empezaba a despertar en mí, algo se estaba removiendo por fin en mis entrañas. La sensación impotente de querer sentir, de querer vivir, de querer escribir y no poder transmitir nada al papel, comenzaban a abrir paso a una rebeldía. A una rebeldía escondida desde hace tiempo, atemorizada por mis vagas decisiones de mantenerme al margen de todo control sobre mis acciones, amedrentada por mi dejadez, por el rumbo perdido de mis pensamientos.
Acababa de ver “V de Vendetta”, lo cual también propició para que mis sentidos comenzaran a desentumecerse. Hice una selección de canciones y la activé en modo aleatorio. No quería estar al corriente de la canción que iba a sonar tras la última escuchada. Eran unas cuantas canciones perfectamente seleccionadas para ese momento. Sabía perfectamente lo que estaba a punto de suceder:




Una de las canciones me trajo extraños recuerdos y sensaciones de, exactamente, un año atrás. Pero, a su vez, la letra me trasmitía emociones muy cercanas al presente. Decidí levantarme. Fui a oscuras hasta la cocina, bebí un vaso de agua y regresé de nuevo al dormitorio. Allí me esperaban las vistas a una ciudad dormida, con sus luces mirándome incluso al otro lado del agua del mar y su silencio colosal. Antes de salir a la terraza, cogí el desgastado jersey que tenía a mano para evitar el frescor que se anticipaba a la cercana madrugada y para no perder el calor rabioso que empezaba a apoderarse de mis extremidades. Encendí un cigarrillo y justo entonces, como un presentimiento me había señalado instantes atrás, comenzó a sonar un tema inesperadamente mágico, ese tema que dice “Mira a las estrellas, mira como brillan para ti”…y así lo hice. Miré a las estrellas, escondidas entre las nubes, que todavía surcaban el cielo. Era tal la quietud que, a pesar de la música de fondo, mientras le daba otra calada a mi cigarrillo, pude escuchar el sonido del fino papel envolvente consumiéndose en la oscuridad, retorciéndose en forma de ceniza, ardiendo igual que yo lo estaba haciendo.

viernes, 17 de agosto de 2007

Fuck



No me asusta llevar una carga tan pesada de secuelas. No me dan miedo. A pesar de que amenazan con no marcharse. A pesar de que de vez en cuando hagan amagos de irse y siempre vuelvan para demostrarme que estoy lejos de espantarlas, que hacen lo que quieren porque son libres y van a su aire. A pesar de eso no les tengo miedo. Me cansan. Me producen un tremendo cansancio y me aburren, sobretodo porque me quitan tiempo para cosas mucho más importantes. Me aburren y sé que poco a poco me están intentando destruir, para llegar a su objetivo, para que vuelva, supongo que es lo que quieren. Pero no lo van a conseguir. Si tengo que ser como Atlas, lo seré, y cargaré siempre a cuestas con mi peso, como condena.

martes, 14 de agosto de 2007

Vistas al mar




El ruido de la lluvia se hace más fuerte y desde la ventana veo las luces del puerto difuminadas entre tanta bruma. Como siempre, me enfada chocarme con la única casa que impide ver con plenitud toda la costa, todo el atardecer. Una casa horrible, vieja, destartalada y en la que además, parece no habitar nadie. Sin embargo, el pequeño jardín interior bajo mi terraza no me parecería tan hermoso sin la sombra que ésta proyecta sobre sus húmedos rincones. Sobre la cruz de piedra y el huerto mohoso. Sobre esos caminos insólitos entre los muros de cemento de las calles.

lunes, 13 de agosto de 2007

Segundo paso: buceo superficial

Hace ya tres años que me marché de casa. Anteriormente, el máximo tiempo pasado fuera de mi hogar, habían sido tres semanas. En esas tres semanas, con sólo quince años, ya me demostré a mí misma la ligera incapacidad que poseo para no sentirme cómoda del todo cuando me encuentro fuera de mi hábitat natural. Eso es algo que nadie sabe, por supuesto, ya que mi cabezonería innata me ha hecho luchar, a la vez y continuamente, contra esa pequeña contrariedad. Desde el primer momento que fui consciente de esa dificultad, me cerré en banda contra cualquier indicio que indicara mi flaqueza al respecto.
No veo mucha compatibilidad entre los deseos de conocer todo lo que mi tiempo me deje y el miedo a estar fuera de mi hogar (a pesar de que siempre pensé que el hogar iba a estar allá donde yo estuviera). Será por ello que allá donde voy siempre intento hacerme un nuevo hogar, una nueva familia. Pero, no es fácil; las secuelas que van quedando son muchas y me acompañan en el camino. Ojalá fuera capaz de soportarlas en todo momento, de aparcarlas a un lado o, mejor, de acabar con ellas, pero en el fondo sé que es prácticamente imposible y que debo acarrear con ellas, que me acompañaran sobretodo en los momentos de debilidad, anulándome, adormeciéndome, pesándome en las piernas, los brazos, la cabeza...
Son como piedras que debo llevar pegadas a cada parte de mi ser, como un castigo militar. Quizás sea una señal, algo que está ahí para demostrarme que jamás debí salir de casa, que era mi opción: aguantarme, permanecer estática, consumir mis pensamientos lentamente, rechazando la oportunidad de ver como se los tragan las llamas día a día, a pesar de la belleza de las mismas en todo su fulgor, en su éxtasis ardiente. Una señal que me repite cada día que mis sueños de adolescencia eran terriblemente discordantes con mi preparación vital. Una carga que amenaza con quedarse para siempre si no echo marcha atrás, si no me relajo lo suficiente como para volver. Pero, ¿cómo se puede volver sin dolor?, una vez vistas las llamas, una vez que se han visto murallas caer hechas cenizas, brillantes emociones nuevas surgir del fulgor de la hoguera, ¿cómo cerrar las llagas que el fuego deja al convertirse en las brasas que han de consumirse poco a poco, sin alterar su entorno?


viernes, 10 de agosto de 2007

Obertura

El sabor del tabaco bajo la lluvia adormece el resto de mis sentidos. Es entonces cuando empiezo a recordar. A recordar todo. El porqué estoy aquí. Porqué llegué a esta ciudad. Porqué puedo mirar el mar cada mañana, cada noche. El humo y el agua pasando delante de mí, hacen que me sumerja en un viaje de recuerdos y razones. Como si de un sueño se tratara, parece que al principio cueste encontrar cada detalle, cada momento; pero, aunque todo este como cubierto por una capa de niebla, poco a poco desaparece y deja al descubierto el paisaje que cubría...