Hace ya tres años que me marché de casa. Anteriormente, el máximo tiempo pasado fuera de mi hogar, habían sido tres semanas. En esas tres semanas, con sólo quince años, ya me demostré a mí misma la ligera incapacidad que poseo para no sentirme cómoda del todo cuando me encuentro fuera de mi hábitat natural. Eso es algo que nadie sabe, por supuesto, ya que mi cabezonería innata me ha hecho luchar, a la vez y continuamente, contra esa pequeña contrariedad. Desde el primer momento que fui consciente de esa dificultad, me cerré en banda contra cualquier indicio que indicara mi flaqueza al respecto.
No veo mucha compatibilidad entre los deseos de conocer todo lo que mi tiempo me deje y el miedo a estar fuera de mi hogar (a pesar de que siempre pensé que el hogar iba a estar allá donde yo estuviera). Será por ello que allá donde voy siempre intento hacerme un nuevo hogar, una nueva familia. Pero, no es fácil; las secuelas que van quedando son muchas y me acompañan en el camino. Ojalá fuera capaz de soportarlas en todo momento, de aparcarlas a un lado o, mejor, de acabar con ellas, pero en el fondo sé que es prácticamente imposible y que debo acarrear con ellas, que me acompañaran sobretodo en los momentos de debilidad, anulándome, adormeciéndome, pesándome en las piernas, los brazos, la cabeza...
Son como piedras que debo llevar pegadas a cada parte de mi ser, como un castigo militar. Quizás sea una señal, algo que está ahí para demostrarme que jamás debí salir de casa, que era mi opción: aguantarme, permanecer estática, consumir mis pensamientos lentamente, rechazando la oportunidad de ver como se los tragan las llamas día a día, a pesar de la belleza de las mismas en todo su fulgor, en su éxtasis ardiente. Una señal que me repite cada día que mis sueños de adolescencia eran terriblemente discordantes con mi preparación vital. Una carga que amenaza con quedarse para siempre si no echo marcha atrás, si no me relajo lo suficiente como para volver. Pero, ¿cómo se puede volver sin dolor?, una vez vistas las llamas, una vez que se han visto murallas caer hechas cenizas, brillantes emociones nuevas surgir del fulgor de la hoguera, ¿cómo cerrar las llagas que el fuego deja al convertirse en las brasas que han de consumirse poco a poco, sin alterar su entorno?